domingo, mayo 21, 2017

VIDAS PRESTADAS

De niño, yo era melancólico -que es una forma poética de decir que era un llorón-. Cuando mis padres salían por la noche y me dejaban en casa de algún familiar, yo lloraba porque los echaba de menos. Esto es medianamente habitual a esas edades. Pero no lo es tanto el que, cuando por fin nos pudimos permitir pasar unos días de agosto en la playa, yo me pusiera a llorar en la cama con mi padre y mi madre a mi lado porque echaba de menos mi casa.
El niño melancólico que yo era, entró en el San Francisco de Paula en lo que entonces se llamaba segundo de EGB. Mi familia hizo un gran esfuerzo económico por darme la que consideraban mejor formación posible. Mi padre conocía bien el colegio porque trabajaba en una oficina que estaba en la primera planta de la calle Alcázares, justo encima de lo que hoy es el bar La bañera. Ese primer año, en el recreo, yo me iba a las ventanas que daban a esa calle y miraba en dirección al despacho de mi padre con ojos llorosos. Sí, durante las clases, también echaba de menos mi casa. Mi padre no tenía más remedio que bajar e intentar consolarme.
Cuando tenía catorce años, tuve una seria conversación con él en la que le comuniqué que quería estudiar el bachillerato en un instituto cercano a mi casa (yo vivía en Triana). Mi padre, como ha hecho siempre, aceptó mi decisión aunque no la compartiera. Así que entré en el colegio por decisión paterna en segundo y salí tras terminar octavo por decisión mía. La pubertad y sus cambios me habían hecho sentirme un extranjero en mi propia vida y sentía que cambiar de aires me haría encontrar mi lugar.
En todos estos años, no había vuelto a pensar en aquella decisión, pero la invitación de colaborar en la revista me ha hecho fantasear con el que yo hubiera sido de no haberla tomado. No se me malinterprete. En el Instituto Bécquer tuve algunos profesores magníficos, otros normales y algunos pésimos, como ocurre en todas partes. Además, hice amigos que aún conservo y, en él, empezó mi afición por lo que hoy es mi oficio: el teatro. Pero, como en toda encrucijada,  hay otros caminos y el que tomas no es el único y, quizá, no es el mejor; quizá hay otros caminos dulces de caminar o, al menos, es dulce imaginar qué habría sido de mí si los hubiera transitado.
Por eso, invento ahora una vida paralela en la que, al contrario que mi primer amor del instituto –Aurora- no me concedió una cita en todo el mes que supuestamente fuimos novios; en el colegio me hubiera dicho sí a la primera una chica de mi clase, llamésmola Nadia como la amada de Miguel Strogoff, libro que leía incansablemente en mi infancia. Y yo, correo del zar, correo del azar, correo del azahar, la habría besado en abril, descubriendo las primeras delicias del amor. También habría habido un profesor de matemáticas que hubiera hecho a este niño melancólico y luego adolescente extranjero, comprender y disfrutar las matemáticas; esa arquitectura de abstracciones que, aún hoy,  siguen siendo un misterio y un fastidio para mí. Y, puestos a inventar, aquella profesora de música (¿me estoy inventando también su nombre, Lola?) habría convencido a mi madre de que estudiara solfeo y guitarra, y hoy  mi amor por la música sería aún más pleno.
Dicen que el pasado no se puede cambiar, pero yo no lo comprendo así. Nuestro presente reescribe lo que fuimos, le da nueva forma y sentido. Así que no descarto empezar a estudiar solfeo o atravesar la estepa por amor o entender por fin qué diablos es un logaritmo neperiano.

Por cierto, seguí sintiéndome un extraño en el instituto y, aún hoy, hay días en que esa sensación vuelve; pero ya no me puedo cambiar de colegio.  

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